Sonorama: crónica del tercer día

15/08/2010 - 21:51
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La que es, muy probablemente, la edición más multitudinaria del Sonorama echó el cierre con una jornada más que equilibrada, en la que los escenarios principales brillaron más -y sonaron mejor- que en las dos jornadas iniciales. Javier Ajenjo, cabeza visible de la asociación organizadora Art de Troya, cifró en 30.000 el número de asistentes, cifra que la organización considera “tope” para que el festival no pierda su identidad. Dejando a un lado el farragoso debate sobre la financiación, ese peligro se ha hecho patente: la marea humana que abarrota las calles céntricas durante los conciertos matinales hizo imposible cualquier disfrute de las actuaciones de Joaquín Pascual y Fernando Alfaro, ambos ex miembros de la mítica formación Surfin’ Bichos -incluso hicieron un breve set conjunto-.
Entre los protagonistas del escenario Ribera Del Duero hubo quien no dejó de repetir el mismo espectáculo que llevan años rodando y que sigue sin aportar nada más que mera exhibición (Sidonie), electricidad a base de guitarras afiladas y bajo fuzz (The Ettes y unos sorprendentes Layabouts) y pericia instrumental bien pensada en uno de los mayores desenfrenos del festival (los impecables Los Coronas, responsables de uno de los mejores momentos del fin de semana, la versión tronchante de “Flamenco” de Los Brincos, digna de cualquier banda sonora de Tarantino). No sorprendieron Los Punsetes, si bien su concierto, en cualquier escenario es bien digno.
Del escenario Future Stars destacó la presencia de Dhera Dhun con el sitar de Baluji Srivastav –cada día más próximos a lo hindú y a la densidad instrumental, vía psicodelia- y el mayor ejercicio de comunión con el público -casi hippie- de los multitudinarios Hola A Todo El Mundo.
El escenario Heineken, el principal, sí que sorprendió en su última jornada. Polémicas a un lado -el giro electrónico de Lori Meyers en su último disco ha sido más que cuestionado-, los granadinos ofrecieron un espectáculo directo y certero, olvidando tanto artificio y haciendo que las canciones de sus cuatro discos suenen perfectamente homogéneas -igual da que ataquen la mítica “Mujer esponja” o “Luciérnagas y mariposas”, los andaluces consiguieron hacer vibrar como hace años, todo un logro-.
Los Raveonettes también asombraron –nada que ver con sus discos, lineales en exceso- con puro derroche de electricidad que los emparenta con The Jesus & Mary Chain, Galaxie 500 o las primitivas percusiones de Maureen Tucker de la Velvet Underground. Quien sí que desentonó fue un Brett Anderson desprovisto de la fuerza que algún día tuvieran sus extintos Suede.
El festival se cerró directamente con el apagón motivado por los constantes problemas técnicos que empañaron la actuación de los venerados Delorean. Eso sí, su pop electrónico, como facturado La que es, muy probablemente, la edición más multitudinaria del Sonorama echó el cierre con una jornada más que equilibrada, en la que los escenarios principales brillaron más -y sonaron mejor- que en las dos jornadas iniciales. Javier Ajenjo, cabeza visible de la asociación organizadora Art de Troya, cifró en 30.000 el número de asistentes, cifra que la organización considera “tope” para que el festival no pierda su identidad. Dejando a un lado el farragoso debate sobre la financiación, ese peligro se ha hecho patente: la marea humana que abarrota las calles céntricas durante los conciertos matinales hizo imposible cualquier disfrute de las actuaciones de Joaquín Pascual y Fernando Alfaro, ambos ex miembros de la mítica formación Surfin’ Bichos -incluso hicieron un breve set conjunto-.
Entre los protagonistas del escenario Ribera Del Duero hubo quien no dejó de repetir el mismo espectáculo que llevan años rodando y que sigue sin aportar nada más que mera exhibición (Sidonie), electricidad a base de guitarras afiladas y bajo fuzz (The Ettes y unos sorprendentes Layabouts) y pericia instrumental bien pensada en uno de los mayores desenfrenos del festival (los impecables Los Coronas, responsables de uno de los mejores momentos del fin de semana, la versión tronchante de “Flamenco” de Los Brincos, digna de cualquier banda sonora de Tarantino). No sorprendieron Los Punsetes, si bien su concierto, en cualquier escenario es bien digno.
Del escenario Future Stars destacó la presencia de Dhera Dhun con el sitar de Baluji Srivastav –cada día más próximos a lo hindú y a la densidad instrumental, vía psicodelia- y el mayor ejercicio de comunión con el público -casi hippie- de los multitudinarios Hola A Todo El Mundo.
El escenario Heineken, el principal, sí que sorprendió en su última jornada. Polémicas a un lado -el giro electrónico de Lori Meyers en su último disco ha sido más que cuestionado-, los granadinos ofrecieron un espectáculo directo y certero, olvidando tanto artificio y haciendo que las canciones de sus cuatro discos suenen perfectamente homogéneas -igual da que ataquen la mítica “Mujer esponja” o “Luciérnagas y mariposas”, los andaluces consiguieron hacer vibrar como hace años, todo un logro-.
Los Raveonettes también asombraron –nada que ver con sus discos, lineales en exceso- con puro derroche de electricidad que los emparenta con The Jesus & Mary Chain, Galaxie 500 o las primitivas percusiones de Maureen Tucker de la Velvet Underground. Quien sí que desentonó fue un Brett Anderson desprovisto de la fuerza que algún día tuvieran sus extintos Suede.
El festival se cerró directamente con el apagón motivado por los constantes problemas técnicos que empañaron la actuación de los venerados Delorean. Eso sí, su pop electrónico, como por Animal Collective de escapada en Ibiza, es de las experiencias más intensas y eficaces para disfrutar en directo.
El año que viene la cita burgalesa tendrá que hacer frente a la retirada de una parte de las subvenciones gracias a las cuales, en cierto modo, el festival ha salido adelante. Según la organización, el evento puede sobrevivir sin ese 8 % de su presupuesto, el cartel no perderá ni la filosofía ni sus señas de identidad. Esperemos: la masificación y la mercantilización de este tipo de eventos no le suele convenir a las citas festivaleras. Pese a todo, como apuntó Ajenjo, siempre habrá en el festival un puñado de grupos que sean del agrado del espectador. Y es verdad: ya sea por la pujanza de nuevos nombres nacionales (L.A. o Niño y Pistola), auténticas sorpresas como Misterioso Viaje Holanda, la intensidad eléctrica y oscura de Nudozurdo o Raveonettes o aires de fiesta incontestables (Los Coronas), el festival seguirá mereciendo la pena. En unos meses la alarma volverá a sonar y la maquinaria del Sonorama echará a andar, pensando, muy pronto, en la próxima edición.




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